Relato sobre el Titicaca

Alejandra cada mañana se despierta poco antes de que salga el sol. Comienza a tejer lana de colores y a preparar el mate de muña. Son gestos rituales, los de esta mujer de edad indefinida, un movimiento perpetuo y antiguo que evoca un tiempo anterior, las gestas de padres y madres de otra generación, de un mundo desaparecido. Junto a ella, otras mujeres, hermanas, hijas. Sentadas en corro, los ojos puestos en el sol naciente, sonríen al cielo y a sus hombres. Mientras tanto, Javier, Segundino y Fernando entrelazan, en bloques, cañas de totora, una planta que crece silvestre y que, gracias a sus propiedades flotantes, usan como terreno para sus islas, para construir las cabañas donde viven y sus embarcaciones. Sus rostros están gastados por el sol, marcados con arrugas profundas, las manos surcadas por los callos, el trabajo, los esfuerzos.

Estamos en el lago navegable más alto del mundo, el Titicaca, a 3856 metros sobre el nivel del mar, en tierras peruanas, en la frontera con Bolivia. En sus orillas y en las pequeñas islas de Amantani y Taquile viven todavía hoy los descendientes de los Uros, una población que escapó de las invasiones incas y que, desde entonces, vive en estas islas artificiales unidas entre sí por trechos transitables, formando un gran archipiélago de cañas trenzadas. Son personas sencillas, estos hombres y mujeres que todavía hoy, en el tercer milenio, emplean su vida en garantizarse el terreno sobre el que dar sus pasos, para pescar y plantar patatas, maíz y quinoa.

Alejandra, Segundino y su hija Leysy viven en una cabaña que en nada se diferencia de la de cualquier otra familia. Los únicos elementos distintivos son las alfombras y los colores. Allí, justo en ese retazo de mundo en los confines de la tierra, sin agua potable, han ido apareciendo pequeños módulos de paneles solares, delante de cada rudimentaria vivienda. Al amanecer y al atardecer, tras siglos de oscuridad, también los Uros han abandonado las velas. Finalmente pueden encender una bombilla, recargar un teléfono móvil para conectarse con el resto del planeta, escuchar incluso una radio, mirar las imágenes de la televisión. Esos postes delante de las casas de Javier y Fernando, son como el asta de una bandera, donde los paneles que reflejan los colores del cielo, sin traicionar la tradición ni la cultura secular, representan el emerger de la oscuridad, de la penumbra de la historia. 

Fabio Cavallari
narrador